miércoles, 10 de agosto de 2011

Una práctica de auto-superación

Kung fu y tai chi chuan
Por Cecilia Maugeri
Siempre tuve dificultades para el ejercicio físico porque no soy buena para los deportes con pelota y en los gimnasios me aburro terriblemente. Eso reduce mucho las posibilidades, pero me las fui ingeniando para poder mantener mi cuerpo en movimiento. Desde que terminé el secundario, trataba de salir a correr, caminar, bailar o andar en bici cada vez que podía. Pero estas prácticas se fueron haciendo cada vez más esporádicas.
Las excusas me terminaban ganando: “no tengo tiempo”, “tengo que estudiar”, “necesito más horas de trabajo”, “no tengo dinero para gastar en ejercicio físico”, “no tengo ganas”, “hace frío” y miles de etcéteras.
Un día me di cuenta que sentía mi cuerpo pesado e incómodo. Me agitaba al subir las escaleras y al correr el colectivo. “¿Cómo puede ser, si soy tan joven?”, pensaba. Tampoco me gustaba cómo me veía en el espejo, y eso me hacía sentir muy mal. Tenía que hacer algo por mi cuerpo. Así fue como empecé a practicar Kung Fu. No era un gimnasio, no era un deporte con pelota, por lo tanto cumplía con mis requisitos iniciales.
Necesitaba una actividad accesible, tenía que ser en el barrio y con horarios flexibles para reducir mis excusas y poder sostenerlo. Me llamó la atención el arte marcial chino porque sospechaba que no era una actividad puramente física, no era el deporte por el deporte. Me gustaba la idea de que el ejercicio que iba a empezar tuviera una cultura milenaria por detrás. En ese momento no lo sabía, pero mi búsqueda de “hacer algo por mi cuerpo” no terminaba en bajar unos kilos para sentirme más ágil y más linda.
Decidí probarlo. Lo primero que noté fue que al día siguiente no me dolía el cuerpo, como me pasaba cada vez que volvía a un gimnasio y después sentía los músculos “rotos” y no quería regresar. Estaba viviendo una de las premisas del arte marcial chino: para cuidar el cuerpo es muy importante no hacer de más, no forzarlo, no pretender hacer en un día lo que no había hecho en años. “Poco y bien es preferible a mucho y mal”, es una de las frases que escuchamos a menudo en el Centro San Bao, la escuela de la cual formo parte. Nosotros los occidentales tenemos mucha dificultad para entender eso, queremos todo rápido, resultados ya y que sean grandiosos. Por el contrario, la propuesta de Kung Fu es un camino lento pero sostenido, donde los resultados no se ven enseguida, pero llegan con mucha fuerza.
Me tomó unos cuatro meses volver a sentir que podía usar mi cuerpo. Al principio era muy torpe, había muchos movimientos que nunca había hecho y eso me llevó a descubrir zonas en él que ni siquiera sabía que existían.
Después de esa etapa inicial, empecé a ver los resultados: me sentía mucho más cómoda, más liviana, más ágil y mejor ubicada. La postura había cambiado y mis músculos se habían desarrollado de una forma que nunca antes había experimentado: de adentro hacia afuera. Mirándome al espejo no podía notar un cambio importante, pero sí podía sentir desde adentro la firmeza de los ¿huesos?, ¿articulaciones?, ¿músculos?, ¿tendones?, ¿fibras? Es difícil de decir, porque trabajamos en todos esos niveles. Mi cuerpo empezaba a ser un todo integrado, con todas sus partes.
Cecilia Maugeri (adelante) y otros alumnos del Centro San Bao. Foto: Federico Czesli.
Cecilia Maugeri (adelante) y otros alumnos del Centro San Bao. Foto: Federico Czesli.
Podría decir que ahí comenzó otra etapa. Si bien la parte más externa de mi cuerpo había mejorado, la práctica me llevó a reconocer que mi ánimo necesitaba también un entrenamiento. Me sentía muy nerviosa y me pareció, por lo que veía en mis compañeros, que aventurarme al Tai Chi me podría ayudar. Y así fue. En las clases se hace mucho hincapié en la respiración, la relajación y la meditación. Para mí fue un gran desafío quedarme quieta y concentrarme sólo en lo esencial: dejar que el aire circule.
Allí me encontré con otro principio importante del arte marcial: la contraparte del movimiento es la quietud. Poco a poco fui reconociendo que muchos de mis pensamientos, sobre todo los relacionados con la ansiedad, se llevaban mucha de mi energía y pude sentir en carne propia que la mente también es parte del trabajo con el cuerpo.
Ya tenía dentro de la práctica el ejercicio físico y la relajación, dos de las razones más populares por las cuales la mayoría de los alumnos acuden a la escuela. Pero todavía no había experimentado la marcialidad en acción. En las clases no se exige que todos tengamos el mismo acercamiento a la práctica, cada uno sabe para qué viene y le da una orientación personal.
Durante todo mi primer año preferí evitar el combate, pero un día, casi sin darme cuenta, terminé participando de un ejercicio pre-combativo. Ese día era la única mujer y tuve la oportunidad de luchar con distintos compañeros. Se trataba de una práctica liviana, siempre con mucho cuidado. Sin embargo, esa fue una experiencia decisiva para mí, porque sentí en el cuerpo la impotencia de estar físicamente en inferioridad de condiciones. Mis compañeros hombres son más fuertes, más grandes y más pesados que yo y no puedo hacer nada al respecto. Pensé que si fuera atacada por un hombre podría salir muy lastimada y la idea de no encontrar una salida me hizo quebrar emocionalmente.
Me pregunté si estaba bien seguir practicando, hablé con mi profesor, Bruno Ballestrero y él me dijo: “Kung Fu no es lo que me sale, es la habilidad que puedo adquirir”. Ser mujer conlleva un esfuerzo extra para pelear con el cuerpo, pero encontrarme con ese límite me hizo crecer como persona, aceptar que soy diferente pero que puedo desarrollar otro tipo de habilidades o estrategias, que ocupo un lugar reducido en el mundo pero al mismo tiempo tengo mucho por hacer.
Cuerpo, mente, alma… Pero ahí tampoco termina la práctica. No puedo decir que sea una luchadora. Tampoco tengo el objetivo de ser una maestra de Kung Fu. Entonces, ¿qué es lo que hace que siga practicando? ¿Por qué no me ganan las excusas de siempre?
En primer lugar, porque siempre que voy al kwon (el salón de práctica, como el dojo de karate) salgo mejor de lo que entré. Eso ya es una ganancia muy grande. En segundo lugar, me hace sentir a gusto con mi cuerpo y soy consciente de que no podría mantenerlo sin una práctica sostenida. En tercer lugar, desde que empecé la práctica nunca caí en cama y ahora me siento mucho más saludable.
En cuarto lugar, el arte marcial me lleva a evolucionar en otros aspectos de mi vida. Por ejemplo, una de las ideas de la práctica que más me ayudó en lo cotidiano es pensar que cuesta lo mismo hacer las cosas bien que hacerlas mal. Y esto sucede hasta en las acciones más pequeñas, por ejemplo prepararse un desayuno. No lleva mucho más tiempo y dinero prepararlo completo, sentarse a disfrutar y digerirlo con tranquilidad, que tomar un mate pelado y salir corriendo para el trabajo. Pero la diferencia entre hacerlo o no, es enorme: se trata de alimentarse, de cargar energías.
Otra frase muy común, que tomada en su sentido profundo es muy cierta, lo confirma: nadie puede dar lo que no tiene. Entonces, para dar, para hacer en el mundo, primero necesitamos cargar las pilas. Para que funcione bien, el cuerpo tiene que estar cuidado y fortalecido. Tomar este tipo de acciones como una práctica cotidiana es lo que hace la diferencia y lo que convierte al arte marcial en una actividad que tiene una dimensión ética y social muy importante, porque puede ayudarnos a dar lo mejor de nosotros mismos.
Cecilia Maugeri es escritora y poeta, además de vecina de San Telmo.